xaleliex: (Default)
—¿Qué pasa?
—Me voy a casa.
—No seas tonta.
—Acuéstate y olvídate de mí. Sólo déjame permanecer un rato más aquí.
—¿Por qué quieres irte?
—No me iré. Me quedaré aquí hasta el amanecer.
—Por qué complicas las cosas.
—No estoy complicando nada.
—¿Entonces qué?
—No me siento bien.
—¿Era eso? Te dejaré tranquila, entonces.
—No.
—¿Por qué quisiste ir hasta el pueblo?
—Me voy a casa.
—No hay ninguna necesidad de que te vayas.
—No es fácil para mí. Vete a Tokio. Pero no será fácil para mí.
Hablaba con la cabeza baja, contra el calor del kotatsu.
¿Qué era lo que le pasaba: pena anticipada por haber ahondado de más en una relación ocasional con un huésped? ¿O el esfuerzo de mantener la compostura hasta el último momento? De manera que hemos ido demasiado lejos, se dijo Shimamura y él también guardó silencio.
—Por favor, vuélvete a Tokio.
—De hecho, pensaba partir mañana.
—¡No! ¿Por qué? —exclamó ella, alzando abruptamente la cabeza como si acabara de despertar.
—¿Qué diferencia hace cuánto tiempo más me quede?
Ella lo miró fijamente un momento y luego estalló: —¡Cómo puedes decir eso! ¿Qué razón tienes para decir eso? —Y se puso bruscamente de pie y se le colgó del cuello. —Está mal que digas esas cosas. Levántate. ¡Te digo que te levantes!
Pero la que se dejó caer fue ella, mientras continuaba con su delirio, por completo olvidada del malestar que había mencionado antes.
Largo rato después, ella abrió los ojos, recogió la ornamentada peineta que se había soltado de su cabello y murmuró: —Debes irte mañana.
Definitivamente. No importa cuántas veces lea País de Nieve. La sigo amando.
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